I

Con sabor a mar y playa, un viento de verano ha inundado el otoño de mis manos.
Ha oxigenado la chimenea y sus fuegos, quitado el polvo de los bancos y cojines, y las ventanas, antes timidas, no paran de abrirse para sentir la brisa de su paso al balancearlas.

Con acento a rio, y unas pupilas como estrellas fugaces, hay un viento nomada por los jardines de mi pelo y los salones de mi pecho, que me cuenta historias de colinas verdes, nubes blancas y brillos intensos. Que me muestra retratos eternos de momentos efímeros, con negros claros y blancos borrosos.

Hay un viento nómada jugando por los mapas de mi reino, los mapas de mi cuerpo, que sabe a canela y a mar.
Y que ganas, que ganas de visitar los salones de su invierno, de explorar un fragmento de su travesia y de su caravana del momento.
Que ganas de abrazar a tal nómada.

 

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